Honduras en Aprietos

. jueves, 20 de agosto de 2009
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Pesados: Honduras en aprietos.

Por: Max Prieto.

La situación en Honduras es, por decirlo resumidamente, muy compleja. Por un lado, está la historia oficial que relata la historia de un hombre electo por el pueblo y un golpe de Estado que lo derroca y lo echa del país en pijamas. También tenemos la otra historia oficial que nos dice que las instituciones del Estado ocuparon sus facultades constitucionales para arrestar al presidente y relevarlo de sus funciones.

Las dos historias son irreconciliables, por que se encuentran fundamentadas en concepciones propias sobre qué es lo correcto y qué es lo aceptable. Intentando hacer un ejercicio de objetividad, me parece relevante considerar que la situación no es de blancos y negros, sino que tiene demasiados tonos intermedios como para declarar “esos son los buenos, y esos otros son los malos”.

El argumento para derrocar a Manuel Zelaya comienza como una respuesta ante la llamada “cuarta urna”. En pocas palabras, era una manera de aprovechar una elección -que ya se iba a hacer de todas maneras- para agregar una papeleta que preguntase si se debería permitir la reelección del presidente, cosa que era prohibido por la constitución. Si escudriñamos un poco la historia de esa constitución encontramos que nace luego de un período de más o menos treinta años de dictaduras militares y presidentes títeres. Bueno, el hecho es que gracias a la divina providencia del último de esos dictadores, se hace la luz y se retorna a la vida civil común y corriente con una constitución nueva, que tiene ese famoso artículo que prohibe la reelección, pero que también tiene otro que dice que no se puede cambiar ese artículo (referido a la reelección). No puede existir una lógica más circular, básicamente dice que “no se puede reelegir un presidente, ¿Preguntan por qué? ¡Porque no nomás!”.

Por otra parte, está la parte del presidente derrocado, que comienza su presidencia como cualquier otro presidente centroamericano. Simpatía con Estados Unidos, buenas relaciones con los vecinos, liberalización de mercados y todo lo que significa ser un presidente de un país (perdonando la expresión) cagón del tercer mundo. Zelaya es electo por el partido liberal de Honduras. En Honduras técnicamente hay sólo dos partidos, el liberal y el nacional, que se han repartido el país desde -prácticamente- siempre (cuando no había dictaduras militares, claro). Entonces pasa que entra al baile el comandante Hugo Chávez, y ahí se pone confusa la situación.

Hay algunos que dicen que Chávez está preparando a Latinoamérica para una revolución masiva, que va a unificar a todo el continente en una mega-nación bajo su control. De ahí se justifica el estrechamiento de lazos con Bolivia, Ecuador, Cuba y otros países de tendencia izquierdista (salvo chilito, que es un país serio).

Entonces, para evitar esta erosión de la nación soberana, se buscan resquicios legales para bloquear iniciativas del gobierno democráticamente electo. Este es un asunto sumamente complicado, ya que también uno podría decir que la destitución del presidente está dentro de las competencias legales del poder judicial (recordemos también los “impeachment” en E.E.U.U. y las acusaciones constitucionales en Chile) e incluso podríamos argumentar que funciona para mantener un balance de los poderes del estado, para que no se sobrepasen entre ellos.

Sin embargo, recordemos el contexto de Honduras, que viene a tener un paralelo con Chile. La historia clásica es que la constitución hondureña es impuesta por una dictadura militar, como la chilena en la misma época (comienzos de los 80s). Pero la realidad no es tanto así. La constitución es redactada por una asamblea constituyente (un órgano que los países desarrollados usan para hacer sus constituciones), popularmente electa (pero en dictadura), y hasta el golpe, se le habían hecho 26 enmiendas. La chilena, en comparación, tiene una historia mucho más triste, ya que nace a puertas cerradas y es ratificada por un plebiscito de comedia.

Comparativamente, y sin conocer la historia de Honduras, podríamos decir que la constitución hondureña es tremendamente democrática y respetable, por haber nacido de una asamblea constituyente, pero esto no es tan así. El asunto es que nace en el contexto de la guerra fría, lo que limita seriamente cualquier formulación constitucional. Haciendo una metáfora muy burda: Imagínese que usted se hace un terno (o falda) cuando tiene 15 años. Sería chico de hombros, corto de brazos y piernas, ya que no puede ser de otra manera. Puede pasar el resto de la vida ajustándolo para dar cuenta del crecimiento y cambio natural, como también puede hacerlo de nuevo. Ahí está el problema principal, y la tensión más grande, en el actualizar y parchar las constituciones o partir a tabla rasa y hacerlo a la medida de la sociedad. Las dos maneras pueden ser recomendables, y depende mucho de la sociedad que requiere la constitución, no existe una bala de plata que sirva siempre o nunca.

El problema principal de siempre actualizar una constitución existente es que siempre quedarán algunos vestigios imposibles de eliminar, ya que el sistema actual intenta perpetuarse, como es natural. Estos vestigios hacen que la gente se distancie de la constitución que los gobierna y garantiza libertades civiles, porque no fueron creados pensando en ellos, sino en gente del pasado, con propósitos y metas distintas. Por otra parte, el formular constituciones demasiado frecuentemente causa un sentimiento de falta de seriedad, además de ser un derroche de recursos. Una sociedad que discute y negocia sus intereses, debería llegar a acuerdos generales que permitan realizar una constitución que pueda mantenerse por los años.

En Honduras vemos una constitución que no puede renovarse, por los nefastos artículos que hacen imposible la legislación en función de la sociedad. Parece que el fin máximo de esa constitución es perpetuarse, y no servir para la sociedad que gobierna, he ahí el problema. Que los que quieren mantener el status quo utilicen las facultades que una constitución añeja les entrega es reprochable sólo moralmente, pero de ninguna manera es ilegal.

Honduras requiere una constitución nueva de todas maneras, pero ahora me temo que no es el momento para formularla. Ese país está terriblemente dividido, y sería imposible hacer una constitución sustentable. Por otra parte (y para sacar algo al limpio) Chile es un país que no se encuentra en la situación de Honduras, y puede darse el lujo de crear una instancia de discusión y debate para determinar “cómo queremos gobernarnos”. Es la mínima pregunta que nos podemos hacer con una constitución que, al igual que la hondureña, parece no estar en función de la sociedad en conjunto.

Sin olvidarme de pasar algún panfleto, digo que es tremendamente necesario que se genere una asamblea constituyente, ya que ya se asoman las grietas en el tinglado institucional que pueden significar un terrible derrumbe futuro hay que anticiparse a la catástrofe de una crisis institucional como la de Honduras, es deber de todos, pero más aún de los políticos, el encargarse del cacho que significa una constitución generada en dictadura, y por más que le cosamos las rajaduras que le vamos haciendo mientras crecemos y cambiamos, seguir con el mismo terno es francamente negligente.

Originalmente publicado en indie.cl